Comunicación y Tecnología. Sally Burch
Los impactos –reales y potenciales– de la inteligencia artificial (IA) en la sociedad están generando creciente preocupación y alarma. Diversos estudios señalan que, por ejemplo, debido al diseño actual de los sistemas de IA, su funcionamiento deteriora las instituciones cívicas fundamentales (como universidades, derecho, periodismo, democracia), al erosionar la experiencia, cortocircuitar la toma de decisiones y aislar a unas personas de otras. Incluso arriesga causar su destrucción.
Otros estudios muestran cómo la narrativa cultural dominante en la IA atenta contra la diversidad y la alteridad, en una especie de «hackeo cognitivo» de identidades, valores y creencias culturales y sociales. También se ha demostrado que la dificultad de distinguir entre contenidos verdaderos o falsos conlleva a una desconfianza general en las instituciones y la democracia[1].
Las respuestas para mitigar los impactos tienden a enfocarse en la necesidad de establecer códigos de ética y normas legislativas para reglamentar su desarrollo. Medidas sin duda necesarias, pero de toda evidencia insuficientes para cambiar el rumbo actual. Resulta claro que estos impactos no se deben simplemente a descuidos o accidentes resultantes del desarrollo acelerado de la tecnología, que con medidas adecuadas se podrían ir corrigiendo, sino que son parte del modelo mismo de negocios.
Históricamente, cada avance de la ciencia y la tecnología genera múltiples posibilidades, pero su desarrollo, distribución y usos son determinados predominantemente por los patrones que imponen los centros de poder. Hoy, al menos en Occidente, este desarrollo se concentra en manos de las mega-corporaciones digitales estadounidenses (las “big tech”), que desde hace unas tres décadas han venido consolidando –con apoyo del capital financiero– no sólo su modelo de negocios, sino también, gracias a la estrecha colaboración del Estado, el marco geopolítico y el correspondiente andamiaje institucional que lo sostiene. Es lo que Shoshana Zuboff denomina “capitalismo de vigilancia”. Este marco abarca políticas públicas que les son favorables, gobernanza respecto al libre flujo de datos, tratados comerciales, acuerdos de instituciones internacionales e infraestructura militar de vigilancia, entre otros.[2]
La atención cautiva
La condición clave para que las big tech puedan lucrar y consolidar su poder es la extracción constante de datos. Si inicialmente era para mejorar sus servicios, pronto permitió generar perfiles y pronósticos de comportamientos que se venden a anunciantes, servicios de seguridad, etc., para posteriormente incorporar mecanismos orientados a influir en tales comportamientos. Además, son el insumo para alimentar los modelos de aprendizaje de la IA, por lo que necesitan acaparar la atención de usuarios y usuarias para que estén interactuando constantemente con sus sistemas y entregando una gama cada vez más amplia de datos (sobre gustos, hábitos, compras, relaciones, incluso la vida íntima), a la vez que exponerse a la publicidad. Para afinar estas técnicas, se invierten considerables recursos en investigaciones sobre el funcionamiento del cerebro humano (como las neurociencias y neurotecnologías), con la finalidad, entre otras, de poder manipular más efectivamente a las personas.
Como lo sintetiza la organización Friends of Attention: “Los sistemas de inteligencia artificial están utilizando actualmente toda su inteligencia (y todos nuestros datos) para descubrir cómo manipular, seducir y sobornar, con el fin de maximizar la «participación» humana, es decir, la atención cuantificada. Y están ganando […] Estos sistemas por lo general no son regulados, operan tanto con niños como con adultos y tienen como objetivo constante manipular lo que vemos y queremos; por lo mismo constituyen nada menos que un biohackeo a escala de la población mundial” (Burnett et al, 2026).
Al respecto, hay estudios que demuestran que la dispersión de la atención humana que resulta de la presencia constante en lo virtual estaría afectando la misma capacidad cognitiva, especialmente de jóvenes, con el riesgo de que se estén formando generaciones que tendrían menor capacidad de pensamiento crítico.
IA y guerra híbrida
Ahora bien, hay evidencias de que hoy este sistema está transitando a una nueva fase, donde el abuso de nuestros datos para lucrar con ellos va pasando a un segundo plano, y lo que está primando es más bien la búsqueda del control social estratégico de las estructuras políticas, las realidades sociales y las mentes de las personas, mediante una guerra cultural y cognitiva, que con persuasión o intimidación apunta a eliminar cualquier resistencia u obstáculo a este proyecto de las big tech. Esta ofensiva combina ideología con técnicas militares, convirtiendo la inteligencia artificial misma en arma.
No es que la guerra cultural sea nueva. De hecho, todo proyecto de poder busca imponer su visión del mundo como cultura dominante para que se establezca como la norma, sea por las buenas o por las malas, o conjugando las dos. Así, durante varias décadas hemos visto cómo el neoliberalismo, un proyecto ideológico de dominación incapaz de legitimarse por sí mismo, ha buscado proyectarse como inevitable con falsedades en el mundo simbólico, sin descartar la coerción, para promover el individualismo, el libre mercado, el achicamiento del Estado, etc., en total simbiosis con la “industria cultural”.
Al respecto, vale recordar que, a fines de los años ‘80, el Consejo para la Seguridad Interamericana adoptó el Informe Santa Fe II titulado: “Una estrategia para América Latina en los 90”, que, con miras a contrarrestar lo que llamaba el “estatismo”, establece como necesario combatir a aquellas agrupaciones e iniciativas que promueven la concientización, con un sentido solidario y crítico a los poderes establecidos (hacen referencia al Gramsci-comunismo, a la Teología de la Liberación, incluso a la educación y comunicación popular). Para ello, plantea una política de conflictos de baja intensidad (CBI), cuyo componente básico es una estrategia militar que –más allá del aniquilamiento físico– busca doblegar al enemigo ganándose la “mente y los corazones” de la población; y cuando ello no es posible, quebrándole lo último que le puede quedar: la esperanza. Una fórmula que apunta a conjugar la fuerza y el consenso para dominar, con las consecuencias nefastas que hemos vivido.
Últimamente, este proyecto de dominación ha pasado a asumir características más sutiles, al meterse en la vida cotidiana de la población mediante las tecnologías digitales, y ahora potenciado con la IA, con apoyo directo de las big tech. Gaza es un ejemplo contundente, pero entra en vigor en el resto de países cuando el poder lo requiere.
Ya hay numerosos reportes de cómo Palantir ha apoyado a Israel con tecnología para espiar con IA a posibles miembros de Hamas, en Gaza, como preludio de masacres. Ahora, técnicas similares se están empleando en EE.UU. para vigilar y amedrentar (incluso con drones) a activistas que se oponen a la represión y captura de migrantes por parte del ICE (el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas), o incluso a quienes simplemente se oponen a estas acciones de vigilancia, en defensa de la privacidad.
Entre las voces más críticas de estos hechos están numerosos ex-empleados de las mismas empresas big tech que renunciaron –o fueron despedidos– por su inconformidad. Uno de ellos, Juan Sebastián Pinto, quién trabajó en Palantir (empresa de big data vinculada a operaciones de espionaje), señala: “Cuando los ejércitos dependen tanto de los datos y la automatización, establecer redes de vigilancia máximas se convierte rápidamente en suma prioridad. El esfuerzo por mapear el mundo mediante satélites, drones e información —con el fin de poder dar con el blanco y predecir resultados— conduce finalmente a la vigilancia y mapeo de lo que los militares denominan el «dominio cognitivo». Esto implica mapear la opinión pública, las redes sociales, la influencia y la reputación como un campo de batalla en sí mismo”. Y por lo mismo: “Internet se ha convertido en un lugar donde se libran guerras reales con consecuencias mortales”, donde “un tuit puede determinar el objetivo de un ataque con drones y matar a civiles al otro lado del mundo”, y “el éxito depende en gran medida de la capacidad que se tenga para ejercer el poder de la información con el fin de engañar, desinformar o asustar a sus enemigos”. (Pinto 2026)
Expertos militares se refieren a este fenómeno como la guerra de 5ta generación (5 GW, por su sigla en inglés), o guerra híbrida. Es una forma de guerra que depende en gran medida de la vigilancia mediante inteligencia artificial, el control narrativo y el engaño, la explotación de las redes sociales e incluso el diseño de métodos cada vez más inusuales y crueles de castigo y asesinato. Apunta generalmente a revertir el orden político o a producir cambios culturales, usando a menudo métodos ocultos, de modo que la población no comprenda lo que está pasando. Y Pinto añade que “el peor efecto secundario de la guerra 5 GW es que convierte a todo el mundo, tanto en el país como en el extranjero, en un objetivo bélico”.
Y si queda alguna duda respecto a las intenciones de empresas como Palantir, basta ver lo que declaró en una entrevista el CEO de esta empresa, Alex Karp (2026): “La principal forma de crear paz en este mundo es asustar a nuestros adversarios cuando se despiertan, cuando se acuestan y mientras están con su amante (…) La forma más eficaz de lograr un cambio social es humillar al enemigo y empobrecerlo”.
Construir narrativas alternativas
Entonces, ¿cómo podemos responder a estas ofensivas de guerra cultural y guerra híbrida? Si bien no hay una respuesta fácil, ni uniforme, sin duda hay algunas condiciones indispensables. La primera sería investigar y entender lo que está pasando en cada contexto, y compartir este conocimiento ampliamente. Una segunda es construir solidaridad y una narrativa que contrarreste la narrativa dominante: que demuestre, por ejemplo, que el presente modelo de desarrollo de la tecnología digital y la IA no es la única, que podemos reorientarlo para que responda a fines destinados al bien público. Para ello, será importante también buscar alianzas con los gobiernos y sectores políticos que comparten estas inquietudes. Alianzas, por ejemplo, para desarrollar soberanía digital, defender derechos fundamentales, o encaminar propuestas a aquellas instancias internacionales que todavía funcionan. Por último, podemos optar, cada vez que sea posible, por utilizar tecnologías libres que no entregan nuestros datos a las corporaciones, ni contribuyen a enriquecerlas.[3]
[1] Sobre los tres temas mencionados, ver, por ejemplo: Hartzog 2025, Ricaurte 2025 y Wagman 2025, respectivamente.
[2] Al respecto ver Burcu Kilic (2025).
[3] Al respecto ver el catálogo de tecnologías libres publicado por Internet Ciudadana.
COMUNICACIÓN Y TECNOLOGÍA.
Autor Sally Burch











